En la actualidad, el niño se ve amenazado por una formación intelectual precoz. Las consecuencias de esto redundan en el bienestar del ser humano adulto que se encuentra en gestación en el primer septenio de vida. Los cuentos de hadas son un valiosísimo legado del pasado que alimenta y protege la vida interior del niño. Este cuidado juega un papel crucial para poder aspirar a una vida adulta plena.
En siglos pasados, contar cuentos a los niños era incuestionable. Hoy algunos creen que los cuentos de hadas únicamente albergan falsedades. Comprender el sentido de los cuentos de hadas en la educación nos lleva a comprender de manera profunda la esencia del niño, y en consecuencia del ser humano.
Cada cuento de hadas expresa, de manera simbólica, una verdad que atañe al hombre. Las fuerzas humanas de percepción y sentimiento son alimentadas por las figuras arquetípicas de los cuentos –príncipes, reyes, princesas, magos-. Nuestras más puras fuerzas de crecimiento pueden, en la infancia, hermanarse con estas figuras. El auténtico contenido del cuento llega a profundidades tales que, incluso el adulto, tiene dificultad en comprender.
Los cuentos constituyen un fermento para nuestra vida anímica. Ellos enriquecen aquellas profundidades del alma desde donde más adelante nacerán nuestras esperanzas e ideales. Los distintos cuentos con imágenes completamente distintas cultivan con fuerza el alma del niño. Todos estos cuentos ponen en escena el gran drama de la Humanidad.
Asi pues, los cuentos de hadas ofrecen al niño un apoyo de inapreciable valor para toda su vida; le señalan el camino luminoso que habrá de recorrer durante su propia vida y le otorgan la fortaleza para afrontarlo.

